No fue Milei: fue la vía. Y fue la década. Y fue la desidia.

(Por Ciudad Noticias): Voy a decirlo en primera persona porque lo siento así: me duele el cierre definitivo del tren de pasajeros entre Buenos Aires y Bahía Blanca. Me duele por los pueblos que quedaron desconectados, por los jubilados que contaban las estaciones como quien cuenta amigos, por los trabajadores que hoy “marcan” sin servicio. Pero también me duele la simplificación: no es honesto cargarle todo a la decisión del gobierno de Milei. Eso es la foto del final. La película es larga y tiene responsabilidades que vienen de antes, de mucho antes.

Lo que otros callan

La Justicia ya había puesto condiciones: tras los dos descarrilamientos en Olavarría (2022 y 2023), se ordenaron adecuaciones de infraestructura y de material rodante para garantizar seguridad. Nada de eso es barato ni inmediato; son 700 km que piden inversión millonaria.

Las vías están concesionadas para carga. FerroExpreso y Ferrosur operan pensando en su negocio: mover toneladas, no personas. Mantienen la vía para su estándar, que no siempre coincide con el que necesita un tren de pasajeros para ir a 8–10 horas. Así llegamos al absurdo de un servicio que tardaba 19–22 horas.

No hubo inversión sostenida durante años. No ahora: antes. Gobiernos de distinto color dejaron que el ramal se oxiden a pedazos. La desinversión es multicolor y multipartidaria.

La empresa concesionaria no invirtió cuando debía. Hoy pedirle que lo haga “de golpe” es caro y, para su lógica de negocio, poco atractivo. Ahí está el nudo que nadie quiere desatar: ¿quién paga y para qué estándar?

Sobre la crítica a Milei

No voy a defender ni atacar por deporte. Sí voy a ordenar los tiempos: el 21 de marzo de 2023 fue la última corrida; luego vino el fallo judicial, la no inversión y la parálisis. La baja formal de ahora es el certificado de defunción de un paciente que llevaba meses en terapia sin respirador. Si vamos a discutir con honestidad, el cierre no empieza en 2024: empieza cuando se decidió no mantener la vía, cuando se toleraron descarrilamientos, cuando se mintió con horarios imposibles y cuando se administró el servicio como si la gente no importara.

A quienes hoy levantan el dedo solo contra Milei les propongo otro espejo: ¿dónde estaban cuando el tren tardaba 20 horas? ¿Dónde estaban cuando se prorrogaban concesiones sin exigir estándares de seguridad para pasajeros? La responsabilidad es compartida: Estado nacional (de ayer y de hoy), concesionarias, organismos de control y —sí— también los que preferimos mirar para otro lado cuando la formación pasaba cada vez más lenta.

Lo que sí defiendo

Defiendo el derecho a la conectividad. El tren no es nostalgia: es política pública, economía regional y equidad territorial. Por eso, si vamos a hablar en serio, las opciones son adultas o no son:

Plan de rescate con números arriba de la mesa

Auditoría técnica independiente del ramal.

Capex detallado por tramo (vía, puentes, señalamiento, pasos a nivel) y Opex por año.

Estándar de servicio verificable: límite de 10 horas de viaje o no sale.

Rediseñar el marco concesional

Acceso abierto real: que el pasajero pague un canon de vía y la infraestructura tenga incentivos a mantener estándar “pasajeros”.

Contratos con cláusulas de inversión obligatoria, metas trimestrales y penalidades efectivas.

Gobernanza y control

Ente técnico con independencia y dientes: auditorías, sanciones y publicación de datos (velocidad media, fallas, obras).

Transparencia total: cada peso invertido, cada kilómetro intervenido, cada restricción de velocidad explicada.

Priorizar seguridad y tiempos

Sin seguridad certificada, no hay servicio.

Sin bajar el tiempo a un rango competitivo, no hay demanda. El romanticismo no llena coches.

Mi posición, sin eufemismos

Prefiero un no honesto a un sí demagógico que te hace subir a un tren que descarrila o llega al día siguiente. Por eso, sí: el cierre formal de Milei es el golpe final, pero el homicidio es preterintencional y colectivo. Nos lo fuimos cargando entre todos: quienes gobernaron, quienes concesionaron, quienes controlaron mal y quienes callamos.

Si queremos que el tren vuelva, la discusión no es ideológica: es contractual, técnica y presupuestaria. Que hable el Excel y que lo vigile la Justicia. Y que la política se anime, por una vez, a firmar plazos, estándares y sanciones. Lo demás es repetir consignas al compás de una locomotora que ya no pasa.

Mientras tanto, a los trabajadores que hoy “marcan” sin tren y a los pueblos que desaparecen sin andén, les debemos verdad: no se bajó un servicio viable; se dejó morir uno inviable. De ahí se vuelve solo con inversión, control y seriedad. Y eso, nos guste o no, no empezó ni termina con Milei.

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