La rendición 2025 dejó discursos, números sueltos y una sensación incómoda: la política local volvió a hablar más para sí misma que para los vecinos
(Por Ciudad Noticias): La sesión por el cierre del ejercicio 2025 merecía otro nivel de debate. No porque faltaran discursos, sino porque faltaron explicaciones claras. Se habló de Nación, de Provincia, de emergencia, de coparticipación, de ATP, de deuda, de viáticos, de trabajadores municipales y de proveedores. Pero, al final, la pregunta más simple quedó sin una respuesta contundente: ¿qué pasó concretamente con la plata del municipio y cómo impactó eso en la vida de los vecinos?
El oficialismo intentó defender la rendición apoyándose, principalmente, en el contexto económico. Andrea Camandona, de Todos por Saavedra, puso el foco en la emergencia, la caída de recursos, la falta de fondos nacionales y la asistencia provincial. Fue una exposición cargada de números, pero con una limitación evidente: explicar el contexto no alcanza para responder por la administración local. Una rendición de cuentas no se defiende solo diciendo que el escenario fue difícil. También se debe explicar qué se priorizó, qué se dejó de hacer, quiénes quedaron esperando y por qué determinadas decisiones fueron mejores que otras.
La oposición, por su parte, tampoco logró transformar sus cuestionamientos en una acusación verdaderamente demoledora. La UCR, a través de Florencia Bros, fue quien llevó la crítica más dura: habló de descalabro administrativo, falta de transparencia y doble vara. Planteó temas sensibles, como la falta de documentación, la subejecución de asistencia, los proveedores, los trabajadores municipales, los viáticos y los gastos políticos. Sin embargo, el problema fue que muchos de esos puntos quedaron formulados como golpes discursivos, pero no siempre como demostraciones claras para el vecino común.
Porque no alcanza con decir que hubo viáticos por millones de pesos. Hay que mostrar quiénes los cobraron, por qué concepto, con qué justificación, en comparación con qué áreas y qué se dejó de atender mientras esos gastos se sostenían. No alcanza con hablar de subejecución. Hay que explicar cuánto se presupuestó, cuánto se ejecutó y qué vecino, institución o servicio quedó afectado. No alcanza con hablar de proveedores impagos. Hay que decir cuánto se debía, desde cuándo y qué consecuencias tuvo. De lo contrario, se tiran números, pero no se construye una verdad política comprensible.
El concejal Silvio Mosegui, de Unión y Libertad, intentó correrse de la discusión técnica y hablarle al “vecino de a pie”. Esa fue, quizás, una de las intuiciones más acertadas de la sesión: el vecino no vive pendiente de incisos, expedientes ni porcentajes. Vive pendiente de si llega a fin de mes, si le arreglan la calle, si le juntan la basura, si recibe asistencia o si el municipio responde. Pero también ahí faltó profundidad. La apelación al vecino fue correcta, aunque no terminó de traducirse en una explicación concreta sobre la rendición.
Clarisa Rivas, del PJ, aportó una mirada más matizada. Reconoció que varias falencias no nacieron con esta gestión y que algunos problemas se repiten desde antes. También puso sobre la mesa un punto fuerte: el resultado financiero del municipio no puede analizarse sin mirar el recorte de horas y salarios a los trabajadores municipales, el endeudamiento, los juicios y el uso de distintas herramientas financieras para equilibrar las cuentas. Allí había material para un debate profundo. Sin embargo, la exposición también terminó mezclando demasiados planos: gestiones anteriores, administración actual, Nación, crisis social y políticas nacionales.
Raúl Zentner, de La Libertad Avanza, fue breve y directo. Rechazó que se responsabilice al Gobierno nacional por las malas administraciones municipales y sostuvo que la responsabilidad de administrar los bienes de los vecinos corresponde al Ejecutivo local. El planteo fue claro, pero limitado. Sirvió para marcar posición frente al oficialismo, aunque no profundizó en los números ni en los problemas concretos del cierre del ejercicio.
Y hubo, además, un silencio que no pasó inadvertido: el de Mariano Mansilla, concejal de Distrito Futuro. No habló quien hasta noviembre pasado formó parte del oficialismo de Matías Nebot, justamente en una sesión donde se discutía un cierre de ejercicio que también roza a quienes integraron ese esquema político. Su silencio puede haber sido una estrategia para no quedar atrapado en una defensa incómoda, pero también lo dejó sin explicación pública.
La sensación final fue la de una sesión con un límite no escrito. No un acuerdo formal, no una prueba de pacto, pero sí una impresión política: todos llegaron hasta cierto punto y nadie terminó de ir al fondo. El oficialismo se refugió en el contexto. La oposición cuestionó, pero no siempre ordenó sus pruebas. Algunos hablaron para marcar postura. Otros hablaron poco. Y otros directamente no hablaron.
Ese es el problema de fondo: la rendición de cuentas 2025 terminó siendo más una puesta en escena de posiciones que un debate real sobre responsabilidades.
También resulta difícil pasar por alto el horario. Una sesión de rendición de cuentas no es un trámite menor. Es uno de los momentos más importantes del control público: se discute cómo se usaron los recursos municipales durante todo un año. Hacerla a las 9 de la mañana, cuando la mayoría de los vecinos trabaja, estudia o no puede seguir el debate, es alejar todavía más a la ciudadanía de una discusión que debería ser abierta, accesible y comprensible. Si durante años las sesiones fueron nocturnas para facilitar la participación, trasladarlas a la mañana por comodidad operativa o conveniencia interna resulta, como mínimo, difícil de justificar.
La política local suele lamentarse por el desinterés de la gente, pero después discute los temas centrales en horarios expulsivos, con discursos técnicos, acusaciones incompletas y explicaciones que rara vez llegan al vecino común.
La rendición 2025 necesitaba menos tribuna y más claridad. Menos pases de factura y más datos ordenados. Menos Nación contra Municipio y más respuestas sobre la administración local. Menos discursos para dejar constancia y más preguntas incómodas.
Porque, al final, la gente no necesitaba escuchar quién tenía la culpa en abstracto. Necesitaba saber algo mucho más simple: qué se hizo, qué no se hizo, quién pagó el ajuste y quién se hace responsable.
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