La emergencia alimentaria y los juegos del hambre (Opinión) por Luis Gasulla

En una futurista Norteamérica, los jóvenes escapan de la pobreza de Panem compitiendo en una especie de reality show en el que lo único que importa es sobrevivir. La televisión se regocija del hambre que los protagonistas de los juegos pasan en sus hogares, divididos en distritos. Les da la oportunidad de escapar de esa realidad a través del show. El film fue un éxito de taquillas. Su nombre es “Los Juegos del Hambre”.

En un momento de 2019, la Argentina se convirtió en un show televisivo en el que dirigentes políticos y movimientos sociales se llenaron la boca con la palabra hambre. ¿Hay miseria en la Argentina? Sí.

¿Hay pobreza? Es estructural y ha aumentado considerablemente en los últimos tiempos, más aún, en el gobierno de Mauricio Macri producto de la alocada inflación. ¿La gente tiene hambre? Es una pregunta difícil de responder. Lo cierto es que hay miles de argentinos -sobre todo los chicos- que están mal alimentados. En provincias feudales del norte argentino, el hambre es innegable y la situación es tan extrema que tiene puntos de contacto con lo que ocurre en Centroamérica o el continente africano.

Lo curioso de la repentina sensibilidad de los dirigentes argentinos es que tienen la panza llena de negociados y corrupción. Son los intendentes del conurbano que viven en sus exclusivos countrys y que gastan millones de dólares en campaña política.

Son los dirigentes que viajan a un acto político de Alberto Fernández en Tucumán y descienden en sus aviones privados. Son los políticos que descubren el hambre tras décadas de olvido; los mismos que ningunearon a las Barbaritas Flores de este país o a los muertos de la toma del Parque Indoamericano en diciembre del 2010.

Victoria Donda sufre el hambre y comparte espacio político con Máximo Kirchner. ¿Tiene lógica? Son los que celebraban la ocurrencia de Kicillof que, cuando fue ministro de Economía de la Nación, no medía la pobreza pues no se podía estigmatizar a los pobres. Los que festejaban a los gritos la comparación de Aníbal Fernández con Alemania o los que aún creen que Venezuela no está pasando por una tragedia humanitaria provocada por el régimen chavista y su alocado Nicolás Maduro.

El negocio de la pobreza

En las últimas décadas se acentuó el poder de los dirigentes sociales, la palabra piquetero ya no los representa. Son los matones de la calle. Extorsionadores profesionales, el periodismo argentino no comprende la locura en que nos hemos acostumbrado.

El dirigente social arrea a miles de personas para conseguir sus beneficios. Se llenan la boca hablando de “venimos a pedir trabajo” y terminan contentos con más planes. Los planes se han multiplicado al mismo ritmo que la pobreza. El plan social como forma de vida es un sistema que nadie se animó a combatir en el país. Hay familias enteras que se formaron con un plan y su único proyecto de vida es mantener y vivir del plan social. ¿Es culpa de ellos?

Los dirigentes se aprovechan de la situación: construyen poder, negocian con el Estado que, a su vez, les termina financiando sus egoístas proyectos políticos personalistas. El populismo de poca monta barrial imita a los políticos que dicen repudiar. El dirigente social -no todos, pero sí muchos- hace de la protesta un trabajo.

Un trabajo muy bien remunerado, por cierto. Todos tienen asesor de prensa, asesor de imagen, lazos con distintos poderes del Estado, llegada a ministerios y favores con diputados del poder legislativo que raudamente les contestan el teléfono. Son los que manejan la calle, los que controlan que las bases no se desmadren y los que dan la vía libre para salir a romper todo (incluyendo las tomas de terrenos, disturbios o saqueos).

En los últimos años, durante el gobierno de Cambiemos, creció con fuerza organizaciones más radicalizadas y adolescentes que no sólo combaten al “capitalismo” y al “neoliberalismo” en las calles sino en patios de escuelas, aulas universitarias o shoppings porteños. Son las hijas de la clase media acomodada que creen hacer la revolución escuchando a Juan Grabois, preguntando por Santiago Maldonado, emocionándose con los colectivos de actrices y sintiéndose parte de un TODES.

Para los funcionarios que tienen que negociar con estos nuevos actores sociales, el diálogo se vuelve dificultoso, por no decir, imposible. Se acercan a un pobre como si fuese un osito de peluche. Su aspiración es ayudarlo desde la mirada del que no le falta nada pero que se cree un ser superior pues “me afecta y me duele lo que pasa”. Es las últimas de las postales del asistencialismo al palo.

La única manera de sacarlo al pobre de la pobreza es con educación y trabajo. Este gobierno renunció rápidamente a intentar dar esa batalla ahogado por el cortoplacismo. El partido peronista, mal llamado de los pobres, hizo del pobrismo, su virtud. Abrazarlos, contenerlos, hacer como se los escucha pero mantenerlos en el mismo lugar de siempre: En la pobreza. Los representantes callejeros de los pobres necesitan más pobres para ganar la calle. Los juegos del hambre argentino es un interminable reality show en el que siempre ganan los mismos. Periodismo y punto